Cuando sanar duele.
2:36 PM 
Imagina la siguiente situación: Tienes 8 años, vas corriendo,
haces una mala pisada y ruedas por el piso. Es así como te fracturas la muñeca,
y el dolor es insoportable. Tus padres asustados te llevan al médico; el
tratamiento incluye analgésicos y un yeso para inmovilizar el hueso y así
permitir que se una de nuevo. Bajo estas recomendaciones regresan a casa a
cumplir el tratamiento y unas cuantas semanas después, el dolor ha pasado, las
radiografías muestran como el hueso se ha unido y ha sanado.
¿No te conté nada del más allá verdad? Quizás hasta tú lo
viviste. Yo sé que es una experiencia extremadamente común, aunque por algún
motivo yo nunca tuve una fractura de hueso en mi vida de niña, y curiosamente tampoco
tengo la cicatriz del mentón que el 80% de los niños se hacen al caerse
brincando en la cama…
Si sabemos cómo es el proceso del cuerpo para sanarse,
¿Por qué nos empeñamos en saltarnos el proceso de sanación del corazón? ¿Por
qué salimos corriendo a querer vivir algo para lo que no estamos preparados? Si
recién te acabaras de fracturar una pierna, ¿Saldrías “corriendo” a saltar por
la calle? La respuesta es no, y simplemente porque el dolor te lo impide y
porque sabes, con pleno entendimiento de lo que implica, que si saltas, corres
y brincas, te va a doler más y vas a tardar el doble en recuperarte o incluso,
vas a empeorar la situación en la que se encuentra tu herida.
Entonces, salimos de una relación, y queremos “correr” y “brincar”
hacia la próxima persona. Ahí no resulta tan fácil darse cuenta del dolor que
nos estamos causando, y menos aún del doble de tiempo que nos va a costar
recuperarnos.
Y es que hay un solo tratamiento para sanar el corazón, sé
que te (me) lo ha dicho todo el mundo, y sé que cuesta entenderlo y que es
desesperante aceptarlo, pero lo único que va a hacer que el corazón sane, es el
tiempo y lo que decidas hacer
mientras transcurre. Es aprovechar los días, las semanas, los meses e incluso
los años en trabajar en ti. Y así de a poco el corazón inmóvil por el yeso que
has colocado para que nada pueda poner en peligro su integridad, empieza a
sanar, empieza a unirse nuevamente y descubres un nuevo sentimiento que siempre
estuvo pero te empeñaste en ocultar y es el amor que te tienes.
Este proceso es inequívoco, no hay manera de evitarlo.
Puedes insistir en “brincar” todo lo que desees, en huir del sufrimiento y del
dolor, pero eventualmente el alma y el corazón te dicen, ya, detente, basta,
¡déjame sanar por favor! Solo tú decides si quieres ser quien lleve las riendas
de ese proceso, o si prefieres esperar a no aguantar más para empezar a sanar
desde lo más intenso del sufrimiento que tú mismo causaste.
El cuerpo y la mente son sabios, es muy doloroso crecer pero
te prometo que vale la pena. Aprende de ti, escúchate, aprende a ver lo lindo
de la vida! ¿No te quieren? Si es doloroso, muy desgarrador, pero detente y cuestiona
si ese amor ¿te hace falta para ser feliz? o ¿si puedes encontrar felicidad en
ti aunque no lo tengas? Y ya va, no te respondas todavía. El tiempo por si solo
lo va a hacer, porque cuando hacemos las preguntas correctas recibimos las
respuestas adecuadas. No te cuestiones desde la carencia, la pregunta no es ¿y
ahora como seré feliz sin (lo que sea que te falte)? La pregunta es ¿cómo puedo
hacerME felíz? Verás cómo allí recibes más respuestas de las que imaginas
posibles.
Sanar duele, sanar quema, arde, pica, molesta. (Igual que
tener un yeso) pero una vez que entiendes que el proceso solo depende ti… sanar
alegra, sanar te llena, y sanar te hace feliz. Y entiendes que tú y solo tú
tienes la capacidad de convertir toda esa ráfaga de dolor en una energía
hermosa que te convierta en la mejor versión posible de ti. Y allí… sanar es
una bendición.
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